Entrevista a Carmen Ollé

Escritora peruana Carmen Ollé. (Foto: Internet).

Carmen Ollé ha publicado Halcones en el parque (Editorial San Marcos, 2011), una novela –distinta a sus libros anteriores– en la que, a través de la mirada de una cazadora de almas, contemplamos las peripecias de personajes marginales y, al mismo tiempo, entrañables.

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

Halcones en el parque es una novela distinta a las anteriores. ¿Cómo surge?

Surge de la manera más insólita o quizá debo decir pragmática: necesitaba vender un texto para cancelar una deuda, este tema además, el de las deudas, es el motor del relato. Y paseando durante más de 7 años con mi perra en el parque observé a extrañas mujeres que pasan horas descansando o pensando en sus vidas sobre el pasto. Luego hice un esquema, como el que recomienda Lovecraft, y la trama alegórica me fue ganando.
 
En la novela el tema del mal está muy presente.

Sí, el mal,  asociado esta vez a la ambición impersonal de los emporios y holdings, que no se proponen hacer el mal al estilo romántico, sino que lo perpetran porque su organización está inserta en lo que se supone debe ser el rendimiento absoluto de sus inversiones. Entonces, ya no me refiero al mal de los infiernos poéticos, no al averno, sino al cielo de las sociedades anónimas, limitadas, corporativas, etc. 

¿En qué medida La piel de zapa de Balzac te sirvió para la novela?

De esa novela tomé lo más anecdótico: la idea del objeto que se pudre (la piel de zapa al estirarse cumple con un deseo del personaje que ha vendido su alma al diablo, pero a la vez la piel se va llenando de vilezas); así el cuerno de mi novela, que representa una artesanía popular se ve invadido de gusanos cada vez que satisface una necesidad, que por lo general es de dinero. La Compañía no se interesa por deseos no materiales.

Hay en la novela una mirada alegórica sobre el poder y el dinero.

Creo que todos hemos caído en la trampa de querer  gastar más de lo ganado en nuestros trabajos, ello nos ha llevado a un sometimiento a los acreedores que no te dan tregua, ni nunca pierden. La idea es que el mal de esta época está estrechamente vinculado a la ambición, la vanidad, el deseo de esclavizar, y el poder y el dinero van juntos generalmente si se les permite hacerlo. En muchas sociedades, claro que se les permite, las nuevas leyes incluso otorgan facultad a los bancos  para que tomen los ahorros de los clientes y poder cobrarse préstamos, tarjetas de consumo, lo cual se entiende y puede ser  justo. Pero si la gente pierde su puesto de trabajo, en una verdadera democracia, debería existir también la figura de la quiebra personal. Sin embargo, eso solo existe respecto de  las entidades financieras, las que reciben incluso ayuda del Estado.

Los personajes intentan sobrevivir a su manera su propia marginalidad. Y sin embargo, o quizás por ello, se tornan entrañables. Pienso, por ejemplo, en la lazarilla Myram o la propia Rocío.

Algunos de esos personajes se inspiran en vendedoras ambulantes y lazarillas que he visto deambular por las avenidas y el parque, cerca de mi casa. Sobre sus vidas supe algunos detalles gracias a que en los quioscos de periódicos tengo amigas informantes que comentan conmigo sobre las penas y avatares que atraviesan estas mujeres. Yo también, y no solo como autora, sino como caminante, terminé enamorada de ellas. Una vendedora, que tiene dos hijos en un albergue, tuvo un pretendiente extranjero, pero a veces es imposible escapar de su destino. El no soportó la manera de hablar de ella, su forma de vida rústica, achorada, y se regresó a su país. Sobre las que guían a los ciegos, pues en un verano proliferaron en la avenida Primavera, y a veces me parecían salidas de una novela medieval. Delgadas, casi niñas famélicas, parecían querer escapar del brazo del invidente y echarse a correr. 


Deja un comentario