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Escritor peruano Ulises Gutiérrez en la Librería El Virrey. (Foto:CMS).

Entrevista a Ulises Gutiérrez

Publicado: 2012-03-27

Ulises Gutiérrez ya había dado algunas muestras de su talento narrativo con el conjunto de relatos The Cure en Huancayo. Sin embargo, es con la novela Ojos de pez abisal (Bisagra editores, 2011) con la que alcanza un acierto mayor. Cabe añadir, además, que Iván Thays la consideró como la mejor novela peruana publicada el año pasado.

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

–¿Cómo surge la novela?

Como historia ya la tenía concebida más o menos. Quería contar la historia de alguien que hablara de esa época. La idea nació, creo, cuando mi madre me narraba la historia de una amiga. Yo viví la infancia en Colcabamba, un pueblito en Huancavelica, que vendría ser Samaya de la novela. La historia de Colcabamba durante esos años era bastante extraña, porque en todos los pueblos de los alrededores habían matanzas, menos en Colcabamba. Con los años, me preguntaba por qué había sucedido esto, por qué el terrorismo no entró allí como sí lo hizo en el resto de pueblos. Claro, uno sabe luego que quizás era la geografía que la hacía difícil de atravesar. Hasta que un día mataron al hijo de una de las familias más conocidas del pueblo. Y comenzó toda aquella habladuría de que por fin entraba Sendero. Recuerdo haber visto las hoces y el martillo titilando en la noche. El pueblo entró en pánico. Los rumores gobernaban todo. Decían: mañana muere tal. Hasta que apareció el hijo de este señor. Y cuya muerte le provocó tanto dolor a su familia que su madre prometió nunca más volver al pueblo y nunca más lo hizo. Pero lo que recuerdo más es el hecho de que mi papá le dijera a mi mamá que no vaya al entierro porque había habladurías de que todo aquel que fuera al entierro iba a ser asesinado. Y como las mujeres, mucho más valientes que los hombres, fueron al entierro. Es  a partir de allí que nació la idea.

–La novela toca el tema de la violencia política que padecimos...

Creo que era inevitable. Hay muchas historias de suspenso o de mucho dolor para todos que, de algún modo, nos ha tocado esa guerra. Muchas cosas que cuento en la novela han pasado realmente. La historia de Nemesio, la he narrado tal como pasó. Un día apareció en mi pueblo un hombre que había atravesado la cordillera más alta que separaba a Colcabamba de Huanta y nadie le creía. Llegó con su mujer y su hijo y contó todo lo que se narra en la novela. Y claro, lo que me pasaba a mí. Estudiaba en Lima en esos años, mi familia vivía en Huancayo. Cada vez que tenía que viajar a Huancayo, o venir a Lima, era un juego a la ruleta rusa, pues tenías que pasar por tres o cuatro controles militares, y en cada uno te bajaban, te interrogaban, te amenazaban; y por ambos lados.

–En la novela hay un fuerte vínculo entre el protagonista y su hermano, al que lamentablemente pierde…

Cuando yo estudié en Lima, vivía en la residencia universitaria de la UNI. Y el tema común entre todos los provincianos era la manera de cómo te adecuabas a la nueva forma de vivir. Esa soledad acompañada, digamos, porque en la residencia éramos 120 personas que vivían juntas, pero no éramos una familia. Y el común denominador era el echar de menos a la familia. Y el hecho de que te visitara la familia era una alegría enorme. Claro, cuando escribía la novela lo que quería era contrastar la pérdida que Zancudo iba tener respecto de su hermano, cómo tenía que ser esta separación. Quería contar esa relación entre hermano mayor y hermano menor. Lo que a mí me ha sucedido: lo que más recuerdo de mi hermano mayor era su afición a la música. Se gastaba su dinero en eso. A veces salía de mi casa a comprarse ropa, pero yo lo veía regresar con la misma ropa pero cargando discos de vinilo, y que encima no teníamos donde tocarlos.

–La desaparición de su hermano acelera la debacle familiar.

Claro, porque duele menos que muera tu padre o alguien de más edad, pero que un joven muera, en la plenitud de su vida, es mucho más doloroso. Entre los amigos que han perdido familia en esa guerra, el dolor más indescriptible que me han contado ha sido la muerte de un hermano, un primo, alguien de tu edad. Y al momento de escribir la novela iba por allí la cosa.

–Una de las partes más interesantes de la novela es este encuentro entre el protagonista y el asesino de su hermano.

Ese fue el capítulo más difícil de escribir. No quería que la novela se convierta en un Zancudo como Sherlock Holmes buscando al asesino. No quería que terminara siendo una novela policial. Cuando les contaba esa parte a unos amigos, me decían: esto no te lo creo porque no sucede así. Mi amigo Mario León, que vendría a ser el Cayo de esta novela, me decía: si yo caminando en las calles de Tokio me encontré con Mabel. Kioto tiene 18 millones de habitantes y era improbable que se pudieran cruzar, y sin embargo sucedió. 

–Ese encuentro plantea, además, la posibilidad de la reconciliación. El asesino le pide perdón al Zancudo, el protagonista, quien reacciona al principio violentamente.

Claro, yo me podía en el lugar de él. Cómo tendría que reaccionar una persona que haya pasado por un drama como ese. También fue uno de los capítulos más difíciles, tenía como tres o cuatro versiones. Hasta que un día leyendo el National geographic di con una crónica sobre un racista en Sudáfrica que había asesinado a unos hermanos negros. Y que en la cárcel le había pedido al periodista muchos años después que se comunicara con la madre de las víctimas porque quería pedirle perdón personalmente. La madre que al principio se había negado accede finalmente a ir. Y cuando está yendo está convencida de que no lo va a perdonar. Y en la crónica se narra la incredulidad de la madre de perdonar al asesino de su hijo. Pero a medida que conversan y el asesino le plantea su arrepentimiento, la madre termina perdonándolo e, incluso, abrazándolo. En la novela, Zancudo lo piensa, pero no lo admite.

–¿Cómo te planteaste la estructura?

Yo siempre me he sentido más cómodo con este tipo de narración, con los saltos temporales, por ejemplo. Y de hecho, en esta novela, los capítulos que avanzaba los llevaba al taller de Iván Thays. Y su frase favorita es: narrar es ordenar. Y había que ordenar de manera que la narración sea más clara, más dramática. Cuando fui armando la novela iba sabiendo en qué momento iba a narrar tal cosa, en qué capítulo iba a narrar tal sucedo. Estaba convencido de que tenía que ser con saltos temporales.


Escrito por

Carlos M. Sotomayor

Escritor y periodista. Ha escrito en diarios y revistas como Expreso, Correo, Dedo medio, Buen salvaje. Enseña en ISIL.


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