Bogotá 39 es una etiqueta más, dice Juan Manuel Robles. Pero es también, además de un valioso reconocimiento a los autores seleccionados, la oportunidad que tenemos en Latinoamérica de leernos entre nosotros. Una prueba de ello es la antología Bogotá 39: nueva narrativa latinoamericana que circula en varios países de la región y que, aquí en Perú, aparece bajo el sello Estruendomudo. Además de Robles, aparecen dos autoras nacionales más: María José Caro y Claudia Ulloa. El texto de Robles, “Valentina en las nubes”, es un fragmento de uno de los cuentos que forman parte de su próximo libro a publicarse, esperamos que dentro de muy poco. En esta ocasión, la breve pero muy interesante charla con Juan Manuel gira en torno a lo que ha significado esta segunda edición del Bogotá 39.  

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR | Foto: internet/PUCP

–¿Qué significa para ti como autor haber sido seleccionado en esta nueva edición del Bogotá 39?

–Es la oportunidad de poner a circular tu nombre en nuevos ámbitos, que este sea identificable en un rótulo tangible. Los escritores odiamos las etiquetas, no conozco a ni uno que acepte de buen grado cuando lo catalogan de un género o de otro. “En realidad lo que yo hago no es…” debe ser la frase más dicha por los autores literarios. Pero lo cierto es que la industria editorial funciona con etiquetas (literalmente). De ahí el blurb del Nobel, o del Escritor Mayor —que a veces no dice nada, básicamente es un rayo pudiente—, o la calcomanía del premio, o el entrecomillado de una reseña (convenientemente descontextualizada). A los escritores se nos vende como a vinos: diciendo que hemos sido catados por tipos que saben mucho. Todas son formas de decirle a la gente: este joven está tocado por la llama, o la flama, o la magia, o el don. Bogotá 39 es una de esas etiquetas. Hace que te lea gente que de otra forma no te leería.

–¿Qué es lo que más rescatas de aquellos días de convivencia junto a los otros 38 autores?

–Fueron otros 37 en realidad, porque uno de los chilenos no fue. Pues la verdad, me hubiera gustado más convivencia. Hace años estuve en un festival de escritores jóvenes en La Habana y un día entero estuvo dedicado a que todos nos fuéramos a la playa. Me gusta esa cosa de meter a todos juntos en un lugar, sin réferi, como un reality. Lo de Bogota 39 fue más tumultuoso, compartido con el Hay. A mí me encanta el Hay Festival pero hacerlo al mismo tiempo que Bogotá 39 consume muchas energías. Dicho esto, lo mejor de esos días es, por supuesto, la camaradería y las amistades nuevas. Los encuentros de escritores hispanoamericanos siempre dejan una sensación bonita: no estás solo, la precariedad y miseria cultural también existe en ciudades que creíste utópicas. Ves a tu yo aproximado mexicano, un primo argentino. Ves vidas paralelas, dudas, soledades. Palabras cruzadas.

–¿Has podido leer a los autores que no habías leído antes de conocer la lista de seleccionados? ¿Quiénes te han sorprendido gratamente?

–Creo que este tipo de preguntas puede llevarme a mencionar a unos y excluir a otros, y no sé si es algo que quiera hacer. No sé si me corresponde hablar de una lista de la que formo parte.

–Cuándo anunciaron la lista de los nuevos Bogotá 39, me volví a preguntar lo mismo que la vez anterior: qué tanto nos leemos los latinoamericanos. Gracias a ferias de libro y a las editoriales independientes conocía el trabajo de varios, pero de muchos otros no. ¿Qué piensas al respecto?

–Nos leemos muy poco y casi nunca de manera espontánea. Somos periferias culturales vecinas, en compartimientos separados, y odiamos un poco nuestra condición marginal (aunque la usemos como capital cultural, como souvenir útil en mercados cosmopolitas). Las lógicas comerciales acaparan todo, dejan poco espacio a criterios culturales: tendencia, movimiento y moda se han vuelto sinónimos, a la fuerza. Así, difícilmente se nos ocurre que alguien que no haya sido bendecido por España —Anagrama, Seix Barral— tenga algo revelador que decirnos, artísticamente. Es un error, por supuesto. Ahora, son 39 autores. No sé en que clase de utopía bolivariana uno podría, antes de la lista —o después—, haberlos leído o conocido a todos, o incluso a la mitad.