Casi una década después de la publicación de su tercer poemario, el estupendo Nocturama (AUB, 2009), Diego Otero nos sorprende gratamente con Días laborables (Literatura Random House, 2018), su muy interesante debut novelístico, en el que vemos a un hombre anónimo e inmerso en la vorágine laboral de estos tiempos. Sin embargo, más que una exploración sociológica, Otero nos propone un viaje interior: el de su protagonista sumido en dilemas existenciales. Un viaje no exento de momentos delirantes. Tras varios años de no vernos, un café miraflorino se convierte en el escenario de una grata charla sobre esta muy recomendable novela.  

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR | Foto: CMS

–Luego de tres libros de poemas, presentas una novela.

–Sí, creo que es bueno cambiar. Creo que a veces uno debe desafiarse a sí mismo, acercarse a nuevos mundos. Pero en realidad también creo que no se trata de un giro tan dramático. Este libro tiene bastante que ver con mi poesía porque entre otras cosas siempre he trabajado mis poemas a partir de imágenes. Y Días laborables es una novela de imágenes, en la que la mirada del protagonista es lo central. Y fíjate que por ejemplo en Nocturama, el libro anterior, las imágenes son la base de los poemas, y las que proponen el clima, la velocidad, etcétera. No sé por qué solo puedo escribir a partir de imágenes, y nunca de ideas o gestos emocionales. Supongo que es lo que me sale mejor, y por eso vuelvo a ese territorio todo el tiempo. En base a las imágenes es que construyo mi literatura. Lo mío es visual, mi poesía lo es y la novela también. Aunque pongo todo el cuidado del mundo en las palabras, y a veces trabajo 15 versiones de cada texto, lo que capitanea la nave es la imagen.

–Además, tu poesía tiene una tendencia narrativa…

–Sí, mi poesía es bien narrativa. En el mismo Nocturama hay una sección que son como monólogos o testimonios de personajes, ¿no? Planteados en una situación escénica específica. Entonces creo que el tránsito de la poesía a la narrativa no ha sido tan extraño o tan abrupto. Ha sido como un proceso orgánico. Un paso natural. Además, ten en cuenta que he estado casi diez años sin publicar. En esos años ha pasado mucho, mi vida ha cambiado mucho. En ese sentido el libro es como el testimonio de estos últimos años. Obviamente en términos simbólicos, porque no es un libro escrito en una clave del todo realista.

–Me parece que más allá de que el personaje esté inmerso en una trama que muestra el universo laboral y toda esa parafernalia insólita, la novela hace foco en la interioridad del personaje.

–Sí, creo que es un libro en donde el argumento y las peripecias no importan tanto. Las situaciones dramáticas son un pretexto para provocar una especie de exploración de ciertos estados emocionales difíciles, como la abulia o la angustia. Creo que va por allí la cosa. Creo que todo este andamiaje de la compañía, de los brasileños y los monos, es como un gran pretexto, y la trama misma en realidad refiere a ese recorrido interior, como en un sueño en el que las cosas que pasan pueden interpretarse de distintas maneras.

–El personaje se deja llevar por ese andamiaje externo…

–Sigue por un carril, como en piloto automático. Hay una línea de William Blake que me sirvió como uno de los disparadores para este libro: “sólo espera veneno de las aguas estancadas”. Por eso está esa imagen de la pecera de las tortugas, planteada como una evocación. Esas tortugas que van agonizando lentamente, ante el protagonista, que las deja morir con una mezcla de desidia y asco, son una imagen de la situación que plantea el libro. De alguna manera es una exploración de cosas oscuras pero en clave de comedia.

–Un personaje sumamente interesante es La practicante.  

–La practicante es mi personaje favorito. Le da vida al libro. El narrador es un tipo muy apático y ella es la que le pone la acción, ¿no? Es como su cómplice, su compañera de aventuras; es creativa y ocurrente y está siempre dispuesta al juego.

–Y es la que hace las deducciones, además…

–Sí, ella hace las deducciones, como si ambos fueran una pareja de detectives, aunque habitualmente sus deducciones son descabelladas (risas)

–¿Esa intención de hacer foco en la interioridad del personaje tiene que ver con que la ciudad donde transcurre la novela no tenga nombre?

–Te podría dar muchas respuestas sobre eso de la ciudad sin nombre, que son más teóricas. Pero te lo digo con seguridad absoluta, la ciudad sin nombre salió porque no encontré cómo nombrarla. Yo quería introducir marcas geográficas, sociológicas, y me rebotaban. Quería poner Lima, explícitamente, en escena, pero no funcionaba. Como si el tono del libro pidiera borrar las marcas de la “realidad real”, por decirlo de alguna manera. Pero por otro lado creo también que Lima está en el lenguaje del libro, que no es neutro sino que tiene el fraseo nuestro, limeño. Y creo que eso es importante (perdón la digresión) porque creo que uno cuando escribe juega su identidad y su posición en el lenguaje, en las palabras que escoje, más que en la trama. Igual me parece que en el libro hay alguna información que da a entender que es una Lima medio deformada, vista con una lente deformante.

–Uno podría identificarla con Lima, por ejemplo, cuando se dice que es una “ciudad hostil y absurda”…

–Sí, pues. Lima. Incluso hay una parte en que se dice que es una mezcla de Kabul y Las Vegas. Los dos desiertos: el del hiperconsumo y el de la represión. Es un poco Lima, ¿no? O al menos algunos aspectos evidentes de Lima.

–¿Cómo fue el proceso de escribir la novela?

–Fue un proceso largo y desgastante. Desde que publiqué Nocturama, en 2009, tenía ganas de escribir una novela. Como que ese libro me dejó desembarcado en la plataforma de la narrativa, por decirlo de alguna manera. Pero por circunstancias habituales de la vida (fui padre, empecé a ser un trabajador independiente) tuve que postergar mucho tiempo la cosa creativa y solo la pude retomar los últimos cinco años, que han sido los del aprendizaje de la forma novela y de la escritura de la novela como tal. Y ya en términos más concretos, fue un trabajo fruto sobre todo de la disciplina. Escribía con un horario, y lo respetaba siempre.

–Importante trabajar con un horario…

–No se puede escribir narrativa sin un horario, al menos esa es mi experiencia. La poesía necesita más bien que tú tengas disposición permanente con ella, que estés mirando como poeta. En cambio, en la narrativa puedes no tener disposición, pero necesitas horarios. La escritura misma es la que te lleva a la disposición y a la inspiración, si todo va bien. Pero para llegar a Días laborables empecé con una historia trazada muy en borrador. Escribí y llegué al capítulo 8, y sentía que no avanzaba. Y me empecé a aburrir. Y me dije: si estoy aburriéndome escribiéndola, esto va a ser soporífico para un lector. Y la abandoné. Entonces arranqué otra historia, con otros personajes, pero llegué al capítulo 5 y pasó lo mismo. Hasta que una noche, y no en el horario establecido, como si hubiera sido un impulso poético -esto se me ocurre recién ahorita-, me senté y escribí casi como en un flujo inconciente y me encontré con la escena del protagonista anunciándole a Florencio Rama que está despedido. Y esa escena es como el inicio de la acción dramática. Y me acuerdo que lo leí y me dije: esto es otra cosa. Tiene otra respiración, otra vida, se siente real, me lo creo.

–Recordaba a Rodolfo Hinostroza que me decía que él, a pesar de transitar en varios géneros, se sentía un poeta que escribía, además, otras cosas. Lo recordaba porque me parece que te pasa lo mismo.

–Sí, a mí me pasa lo mismo, salvando las evidentes distancias con Rodolfo Hinostroza, que dicho sea de paso es un genio, sobre todo como poeta, porque Contranatura es una pequeña obra maestra. Pero sí, me siento identificado con eso. Siento que hay en lo mío un aliento poético de fondo, no de manera evidente, no en el lenguaje, que no es lírico sino más bien llano; pero sí hay un aliento poético en la cosa simbólica, en la mirada.

–Lo común es que cuando un poeta escribe una novela, el lenguaje sea muy lírico, tanto que se ha acuñado la frase “novela de poeta”. La tuya, sin embargo, no es una novela de poeta.

–La mía no es así, pero sí hay algo poético en ciertas situaciones, en ciertos personajes. Siento que de alguna manera se ha contrabandeado poesía entre líneas en la novela. Hay imágenes poéticas, hay mucho uso de símil, por ejemplo, que es un recurso que aparece en mi poesía todo el tiempo. Y otra cosa importante, en relación a la pregunta: me formé leyendo poesía. Yo no me considero un tipo suficientemente culto, en narrativa tengo unos vacíos de lectura tremendos. Pero sí he leído mucha poesía. Y sí tengo una especie de vínculo sólido con las palabras a través de la poesía. Y pasa que cuando empecé a leer novelas ya las leía desde mi formación o deformación de poeta. Por eso en narrativa no he buscado leer el canon, la tradición, sino lo que dentro o fuera de la tradición me habla, dialoga con mi proyecto, le aporta.

diego otero en café miraflorino. / foto:  cms.