El Fondo de Cultura Económica ha tenido la acertada iniciativa de reeditar Adiós, Ayacucho (FCE, 2018), la celebrada novela del crítico literario, escritor y catedrático peruano Julio Ortega. La novela, que fue exitosamente adaptada al teatro por el grupo Yuyachkani, narra el último día del campesino Alfonso Cánepa, quien fue asesinado y carbonizado. Aprovechando que Ortega se encuentra en Lima, invitado a participar de la Feria Internacional del Libro, se produce esta interesante charla. Esta nueva edición se presenta mañana sábado a las 6 pm, en la sala José María Arguedas, en la FIL. 

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR | Foto: CMS

Adiós, Ayacucho parte de una fotografía que apareció en Quéhacer y que lo impresionó…

–Es verdad. Estaba en Austin, Texas, donde fui profesor nueva años, creo, y siempre leía la prensa peruana, entre ellos la revista Quéhacer de Desco, que en esa época la dirigía Abelardo Sánchez León, me parece. Seguía la historia de la violencia peruana. La última vez que estuve aquí era 1974 o 1977. La violencia, la lucha armada, es una cosa que tiene que ver con la historia intelectual peruana. Todos debíamos responder a ese desgarro de la vida social y cultural que es la violencia. Pero esa metáfora cruda y en sí misma violenta de un cuerpo convertido casi en carbón y que parecía como un muñeco roto, me impresionó muchísimo. Y seguramente fue porque era como un lenguaje de signos de la violencia en el Perú. Y expresaba la violencia hasta su última expresión, que es convertir el cuerpo en un objeto quemado, deshumanizado. Este signo que era como la primera palabra de un lenguaje que todos teníamos que confrontar se me impuso como el comienzo de un relato.

–¿Cómo así decide que sea el propio Cánepa, muerto, que cuente la historia?

–Inmediatamente pensé que había que devolverle la palabra a este hombre. Y empecé a escribir en primera persona como si él hablara. Y el texto se fue desarrollando solo. Lo que no había previsto era que el texto iba a ser sarcástico, de humor negro, de desgarramiento radical de lo humano, y que iba a explorar espacios, personajes, situaciones que eran apocalípticas. Al final lo que ocurría con este cuerpo quemado era la primera palabra de un apocalipsis peruano. Y de pronto se me ocurrió el final: que los huesos que encontraría eran los de Pizarro. Que sería como una refundación de Lima. El fundador usurpado por la última víctima. Y se convertía en Pizarro, y Pizarro adquiría otra habla. Es un sarcasmo contra la historia, seguramente.

–La novela tuvo en su momento una buena recepción…

–Me sorprendió la gran recepción que tuvo la novela. Gustó muchísimo, pero creo que más en otras lenguas que en español. Se tradujo al inglés, al francés. Y ahora encuentro una sorpresa más: la tesis de una mujer alemana, joven, en abogacía. Y un fragmento está en esta edición (del FCE), que es sobre la justicia transicional. Una justicia especial para los períodos de violencia. Es una rama del Derecho ahora. Tiene que ver con los derechos humanos.

–Cánepa emprende la búsqueda de sus huesos…

–La violencia es la violencia contra el cuerpo. Digamos que la unidad de la violencia es el cuerpo vivo. Y la idea de que debe recuperar sus huesos para estar sepultado es una idea muy antigua, quizás cristiana. Quizás sea más antigua, porque en los textos clásicos griegos se recobra el cuerpo muerto para que sea enterrado.

–Como es el caso de Antigona…

–Claro, como una especie de reparación, ¿no? Porque eso de que el cuerpo esté desmembrado parece como antinatural. Por eso la obsesión de Cánepa es una manera, seguramente, de conectar con el lector. El lector debería querer leer qué pasa con ese cadáver. Y la sorpresa es que encuentra metafóricamente sus huesos.

–¿Qué significó para usted que Yuyachkani lleve a escena su novela?

–Para mí fue una sorpresa. Pero los Yuyas son muy hábiles. Estaban trabajando en metáforas de representación de la violencia, justamente. Cuando me escribieron diciendo que iban a hacer una versión teatral, me pareció lógico. Porque el progreso de su muerte y de la búsqueda de sus huesos es bastante teatral, porque se ve el movimiento. Lo más interesante de eso es que formó parte de la protesta a favor de los derechos humanos, contra la violencia en Ayacucho y en la sierra central. Ellos me contaron como al llevar la obra a esos lugares la gente reaccionaba de una manera catártica, dramática, porque sentían muy cerca esta metáfora. Para ellos no era literatura, era testimonio real, casi. Llevaron la obra por muchos lugares, fuera del Perú, incluso. Yo nunca la vi acá, la primera vez la vi en Nueva York. Y después la vi en otra universidad cerca de Boston.

–Para terminar, ¿cómo fue ver por primera vez a Cánepa encarnado en el actor Augusto Casafranca?

–La verdad es que fue muy impresionante. No había pensado nunca que era teatral. Pero ellos habían sacado el esquema de la obra y habían hecho de Cánepa un muerto peregrino, que en vez de ir a la fuente su nacimiento va al origen de su muerte, que es Lima.

julio ortega en el hotel los delfines. foto: cms.