Leer por primera vez Orquídeas del Paraíso –en aquella mítica edición roja– resultó toda una experiencia. La historia de unos pistoleros en la selva peruana y, sobre todo, de un joven que debe travestirse para sobrevivir marcó el derrotero de mi lectura febril y trepidante. Una serie de intensas imágenes se iban sucediendo en mi cabeza como los fotogramas de una película. No resulta sorpresa, por ello, la noticia de que muy pronto empezará el rodaje de la versión cinematográfica de novela. Por otro lado, Orquídeas del Paraíso, primera novela del escritor Enrique Planas, aparecida en 1996, ha vuelto a reeditarse, por tercera vez, ahora bajo el prestigioso sello de Seix Barral. Y, además, con un estupendo prólogo del reconocido escritor chileno Alberto Fuguet.  

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR | Fotos: CMS

–Me gusta pensar en los orígenes de las historias. Te propongo, por ellos, una mirada hacia atrás. ¿Recuerdas cómo surgió Orquídeas del Paraíso? ¿Cuál fue quizás la imagen que gatilló la historia?

–A mí también me gusta pensar mucho los orígenes de las historias. Puede ser que sea una imagen que gatille un diálogo o una historia que has leído y te ha perturbado siempre. Pero a veces es un cúmulo de cosas que uno va echando en una olla y que vas dejando que ese caldo se vaya calentando durante mucho tiempo. A veces es muy difícil reflexionar qué comenzó. En Orquídeas del Paraíso fueron también muchas cosas. Puedo decir que tiene que ver con mis lecturas desde niño de mitología clásica y mi fascinación del personaje de Aquiles; o puedo decir que comenzó con un viaje que hice con un amigo de colegio a Iquitos, y el descubrimiento de la ciudad, de la selva y de las chicas que conocimos; también podría hablarte del proyecto de taller de guion de cine que hicimos autogestionariamente -porque en San Marcos todo se hace autogestionariamente-; o también te puedo hablar de mi relación con Oswaldo Reynoso y la fascinación que tenía después de haber leído Los inocentes, conocerlo. Muchas cosas tiene Orquídeas del Paraíso que me hacen ir y venir a través de recuerdos. Y pasa el tiempo y no podría decirte que fue por uno, sino con muchos recuerdos disueltos.

–Me contabas en otra oportunidad que le llevaste a Reynoso el manuscrito de Orquídeas del Paraíso. ¿Cómo fue aquello?

–Lo vi en un bus, en Barranco. Me acerqué y como cualquier lector fan, le dije que era lector de Los inocentes, que era su admirador y que tenía una novela. Y él me dijo que se la dejara, que luego se iba a comunicar conmigo. Se la di y a los quince días me llamó por teléfono a decirme: “Enrique, tienes una espléndida novela pésimamente escrita”. Me invitó a su casa y a lo largo de semanas íbamos viendo línea por línea la novela. Me enseñó el arte de poner una palabra después de la otra, a ver todas las adiposidades que hay que sacar del lenguaje. Y recuerdo que esa época es aquella en la que Oswaldo estaba casi en un arresto domiciliario no dicho, porque lo estaban persiguiendo políticamente. Entonces, en esa atmósfera de encierro nos juntábamos, nos tomábamos una cerveza o un té jazmín y trabajábamos sobre el texto. Para mí ha sido la mayor escuela literaria que he vivido.

–Al releer Orquídeas del Paraíso, advertí la presencia de un tema que va a aparecer en todas tus siguientes novelas: la identidad. Pienso en la joven que debe asumir la identidad de su hermana en Alrededor de Alicia, en la bailarina que debe amoldarse al desquiciado de su coreógrafo en Puesta en escena, en la chica que emprende un viaje para reencontrarse en Otros lugares de interés, o en varios personajes de la más reciente Kimokawaii

–Pensar en ser otro es lo más divertido que te puede pasar. A veces temía en repetirme, no creas que no pienso eso y digo: ya, ahora voy a escribir una novela de amor o una comedia. Y siempre termino escribiendo sobre mis temáticas propias. Me angustiaba en la segunda novela, pero he dejado de angustiarme porque te das cuenta que es lo que haces. Hay autores que escriben maravillosas novelas de misterio y yo voy a escribir novelas sobre la identidad. Y la identidad siempre es un tema que a mí me fascina, por lo que tiene de transformación, por esa condición de permanente cambio. Cuando empecé a escribir no era un tema al que la gente le pusiera atención. La gente estaba pensando en la calle, en reproducir la violencia, en hacer una crónica realista de la tragedia que vivíamos. Lo mío era más bien historias desde lo íntimo, desde la mirada personal de cómo uno se construye a sí mismo. Y creo que no era una opción estética o un ideario de una poética determinada, sino es mi forma de escribir. Siempre he escrito sobre la identidad, sobre su construcción y sobre los malentendidos que tienen que ver con ella. Y eso es lo que me da mucho material para escribir.

–Otro aspecto que me impresionó en su momento, cuando la leí por primera vez, fue su estructura. ¿Cómo la planteaste?

–Mira. Cuando escribí esta novela, si había una estructura tenía que ver con el taller de cine en el que me metí. Quizás las estructuras no eran literarias sino cinematográficas. Entonces, por eso pensé en los flashbacks, en quedarme en primeros planos, en imaginarme escenas más que en una continuidad. Quizás cada capítulo es una escena. Y entonces, eso tiene que ver con la estructura. La estructura en este caso no fue el gran laboratorio. Fue una novela escrita tanteando y con muchas ganas de contar. Creo que en las primeras novelas el error es el desborde. Creo que ahora soy mucho más controlado, ahora me cuesta mucho más inventar. Pero en este libro, de falta de ideas no podía quejarme. Podía quejarme del lenguaje, me sentía inepto con el lenguaje. Pero a nivel de historia, de anécdotas, de imágenes, de personajes, fluía muchísimo. Además, me sentía tan cómodo con los personajes que había construido que ellos mismos me iban dando muchísimas ideas. Creo que fundamentalmente el cine fue un gran aliado para construir la historia. Pero sobre todo el cine de personajes, en el que te enamoras de un personaje y eso te hace seguirlo hasta el final.

–Esta, publicada por Seix Barral, es la tercera edición de Orquídeas del Paraíso. ¿Qué significa para ti, como autor, que tu primera novela sea reeditada y más de una vez?

–En un medio como el nuestro es un triunfo que tu libro no desaparezca, que permanezca en el tiempo y que siga teniendo cosas que decir y que encuentre nuevos lectores. Y que se mantenga joven y que haya nuevos lectores jóvenes que la asuman. No me pongo a pensar en eso porque siempre pienso en la novela que estoy escribiendo. Mira cuántos años tenemos entrevistando autores, y a mí me da mucha piedad, los escritores que hablaban sobre sus obras como si fueran grandes especialistas de sus libros. No he vuelto a leer Orquídeas… He leído algunas cosas para hablar con el director de la película, quien me hace preguntas, o con el guionista, con el que profundizamos algún tema y debo volver al libro para recordar. Siento que Orquídeas es parte del humus que nutre todo lo que estoy escribiendo. Pero cuando me preguntas que significa para mí, es el pequeñito orgullo de saber que todavía de algo que dijiste, el eco permanece.

–Finalmente, esta nueva edición trae, además, como plus, un estupendo prólogo del chileno Alberto Fuguet…

–A Alberto lo conozco de mucho tiempo. Nos conocimos en Santiago de Chile, si no me equivoco en el año 1995. Había terminado la Universidad y me fui de mochilero con unos amigos. Fui a Buenos Aires a hacer entrevistas para luego venderlas en Lima. Cosa que se podía hacer antes de que existiera el Internet. Y después hice lo mismo en Santiago. Entrevisté a Donoso. Y le hice la primera entrevista a Alberto, publicada fuera de Chile. Y desde entonces, entre los dos ha habido una amistad, una cercanía. No solo porque lo he entrevistado muchas veces, sino porque ya terminada la grabación podíamos conversar de otras cosas. Hemos compartido libros. Tengo el orgullo de haberle presentado a Oswaldo Reynoso, por ejemplo. Hay cosas que nos han nutrido en común. Nos gustan muchos autores comunes y detestamos a muchos autores comunes. Hay una complicidad muy estrecha. Y cuando he leído su prólogo, en verdad me he conmovido, porque siento de alguna que forma formé parte de un momento sin haber estado. A mí me gusta eso, la foto en la que no estás, pero que sabes cómo se tomó. No necesitas salir en la foto para sentirte parte de. Que es una buena forma de pensarlo, porque así te evitas la desesperación, la pose por estar. Esa tan patética necesidad de ponerte en el selfie. Por otro, lado McOndo significó mucho para mí. Significo saber que se podía escribir de una forma distinta, que la literatura del boom no era el camino que se debía seguir, sino que a la literatura lo que la define es su libertad.

enrique planas en medio del guionista y el director de la película basada en orquídeas del paraíso. La noche de la presentación de la nueve edición de seix barral en la librería el virrey de miraflores. | foto: cms.