A través de un futuro posible, una ficción distópica –como se le conoce en los predios de la ciencia ficción–, el escritor peruano radicado en EEUU, Luis Hernán Castañeda, ha pergeñado una novela que reflexiona sobre la identidad y la corrupción. A propósito de esta muy interesante novela, El imperio de las mareas (Alfaguara, 2019) surge este breve diálogo. 

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

–¿Cómo surge El imperio de las mareas? ¿Hubo una idea primigenia o una imagen como disparador de la idea?

–Hay dos orígenes, uno en la memoria y otro en el protagonista de la novela, que simplemente se me apareció un día. El origen más antiguo está en las historias que me contaba mi padre cuando era niño. Eran historias de terremotos, tsunamis, inundaciones y otros desastres; me hablaba, por ejemplo, del terremoto de 1746 y de cómo las aguas arrasaron El Callao. Me explicaba, además, cómo en la pampa de Pisco todavía hay esqueletos de lanchas varadas por las mareas. En vez de entretenerme, esas historias me quitaban el sueño y me hacían pasar las noches muy atento, escuchando el rumor del mar. El segundo origen tiene que ver con que yo andaba escribiendo una novela larga, semi-autobiográfica y profundamente realista, y para descansar de esos trabajos mi esposa y yo nos fuimos a pasar un fin de semana en los bosques de Quebec, que no están lejos de Vermont. Allí llegamos a un pequeño spa que estaba ubicado a la orilla de un río. Hacía frío y había nieve, pero el spa tenía unos baños termales y fue en este sitio donde vi a Sakana por primera vez: abrí los ojos, miré hacia el río y ahí estaba su cabeza saliendo discretamente del agua para espiarnos a nosotros, los huéspedes. No se mostraba del todo, por lo que me hizo sospechar. Decidí en el acto escribir sobre él.

–Uno de los temas recurrentes de tu narrativa es la búsqueda o la reflexión sobre la identidad. Aquí, Sakana, el protagonista, parece aferrarse a través de la lengua japonesa a una identidad propia.

–Creo que las identidades en nuestro mundo actual son cada vez más fluidas y quizá precarias, y por eso existe el fenómeno contrario: la exacerbación de la identidad. En un país como el Perú, que no consigue consolidarse como nación porque en realidad es varias naciones, el problema es tal vez más palpable. En mi caso, cuando construyo a un personaje, una preocupación central es darle una obsesión que organice su mundo y que, a la vez, revele sus fisuras, sus carencias. En el caso de Sakana esa obsesión ha sido el mundo japonés. Yo venía de publicar un libro titulado Mi madre soñaba en francés, una novela francófila que tiene como personajes a unos lectores atraídos por César Moro. Para contrarrestar tanta francofilia, y para burlarme un poco de ella, decidí viajar a Japón. Desde hace muchos años, la literatura japonesa y en realidad todo lo relacionado con ese país me ha parecido fascinante, y por eso decidí convertir a mi personaje en un orientalista, un niponólogo amateur. Sakana cree ser un nikkei y, para hacerle justicia a esa identidad elegida, se dedica a transformar su vida cotidiana, toda su existencia, en un parque temático, una especie de Disney nipón: desde la comida hasta su propia sensibilidad. Muchas personas hacen lo mismo dándose o no cuenta de ello, solo que en el caso de Sakana su obsesión es un programa.


–La novela permite varias lecturas. Una ciudad desolada por el mar. Frente al calentamiento global, una distopía como aquella pareciera estar más cerca de lo que podríamos suponer.

–La novela tiene una base aterradoramente real: como sabemos, el nivel de los océanos a escala global está subiendo a consecuencia del cambio climático. La ONU estima que para el año 2050 el aumento promedio será de medio metro, lo que podría ser catastrófico para la costa peruana y, naturalmente, para algunos distritos de Lima: El Callao y también la zona sur de Chorrillos, donde yo crecí. Es terrible pensar que, dentro de pocas décadas, el mapa de Lima podría cambiar de maneras inesperadas; una respuesta común a este tema, que vemos como algo enorme e inevitable, es reprimirlo, no pensar en él, empujarlo al inconsciente, como hacemos con el pasado y los traumas. Me pareció que la distopía era la aproximación indicada para este asunto tan grave. Sin embargo, un amigo muy querido, que leyó la novela cuando estaba en borrador, me dijo irónica y borgeanamente que dentro de algún tiempo El imperio de las mareas quizá no sería considerada una distopía, ni una novela fantástica o de ciencia ficción, sino otro ejemplo más de realismo urbano. Las historias fantásticas serán, más bien, aquellas en las que los personajes usen sus dos piernas para desplazarse por las calles de la ciudad.

–Por otro lado, resulta interesante la ciencia ficción por su poder de reflexionar sobre problemáticas actuales y vigentes. Sin ser spoiler, Mayu, la periodista, descubre el entramado corrupto y criminal del negocio de los padres de Sakana.

–Las ficciones que más valoro no son aquellas que nos reconfortan, sino las que nos confrontan con nosotros mismos y con el Mal. Esta novela persigue un desenmascaramiento de la armonía. Propone la imagen del spa como metáfora del mundo. Hay una idea interesante del crítico cultural Germán Labrador: ante los desastres, las crisis y la incertidumbre del presente, una alternativa es tratar de aislarse, de separarse, para fundar un espacio de inmunidad que funcione como una burbuja. Por supuesto, esto solo lo pueden hacer quienes disfrutan del privilegio de poder ovillarse, desconectarse, incomunicarse. Un instrumento perfecto para esto son las tecnologías digitales: cápsulas de soledad más que puentes de comunicación. Ellas nos brindan una sensación de bienestar como la que encontramos en lugares como los spas. En El imperio de las mareas vemos un intento fracasado por aislarse de lo real, porque lo real es omnipresente: la burbuja es una mentira que puede quebrarse en cualquier momento para dar paso al caos. Esto ocurre porque finalmente el interior y el exterior, la familia y la economía, el realismo y la fantasía, lo consciente y lo inconsciente, no son territorios separados, sino zonas de contacto. En el mundo de Sakana no hay una separación entre el agua y la tierra, la ciudad y el océano, los humanos y los tiburones: todo es confusión.

–Otro aspecto recurrente. La presencia del Perú, en mayor o menor medida, en tus novelas. Lo digo teniendo en cuanta que vives fuera desde hace muchos años. ¿Qué implicancias tiene esto en la presencia del Perú en tus libros?

–Más que una novela nacional, creo que esta es una novela de ciudad. Curiosamente, El imperio de las mareas es la primera historia que escribo que está ambientada íntegramente en Lima, mi ciudad de origen. Otras narraciones mías están situadas en espacios inventados o extranjeros, algunas de ellas en el estado de Vermont, donde vivo, pero esta vez el argumento, el personaje, se me presentaron como incuestionablemente limeños desde un principio. Y cuando digo limeños digo mestizos, pues también hay elementos estadounidenses y franceses en la construcción del espacio narrativo: los pueblitos de Stephen King, el Monte Saint-Michel. Todo esto responde a las exigencias de la ficción, que son inconscientes, pero también son el efecto de un deseo: desde hace muchos años, desde que me fui del Perú, he querido regresar a Lima y a la vez lo he evitado; este deseo antiguo y contradictorio, a fuerza de jugar con él, de soñarlo y de escribirlo, se ha ido transformando, y con él se ha transformado el objeto de deseo. Mi Lima interior, la ciudad que es verdadera para mí, es muy similar a la que aparece en esta novela: un sitio fantasmal, acuático, onírico, con laberintos, túneles y secretos. Más que un paisaje objetivo, es uno íntimo, cargado de memoria y también de belleza. Por eso, sospecho, es que un escritor se va de un país: para que este adquiera la belleza de las ruinas. Perderlo es el precio que uno paga para poder volver a construirlo desde lejos.