Entrevista a Enrique Sánchez Hernani
Enrique Sánchez Hernani ha publicado Quise decir adiós (Fondo editorial Cultura peruana, 2011), un poemario en el que a través de sus versos rinde tributo al recordado y entrañable educador Constantino Carvallo. Este libro, además, fue elegido entre los lectores de El Comercio como el mejor del 2011.
Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR
–El libro es un homenaje a Constantino Carvallo. ¿En qué momento sientes la necesidad de escribir sobre él? En ese sentido, cómo se fue gestando Quise decir adiós.
El primer impulso me vino días después de su partida. Sentí la necesidad de decirle algo, de comunicarme con su recuerdo y contarle lo que sentía en ese momento. Semanas y meses después, conforme se transformaron mis sensaciones por su partida, de la tristeza extrema a la resignación (que fue un proceso muy largo), tuve espacio para la reflexión. Como no solo fue un gran amigo mío sino una persona a la que le debo más de la mitad de la crianza de mis hijos, la parte más bella y rotunda de ellos, y como era una presencia habitual y muy querida por mi familia, aparecieron esos poemas donde hablo de mis hijos y de algunas anécdotas de su paso por la escuela. Por eso es que hay algunos poemas donde el dolor es más intenso y otros donde este se ha transformado en una especie de memoria doliente que llevaré conmigo el resto de mi vida. Al final también hubo espacio para la esperanza y el reencuentro; no sabes cómo ansío ahora que sí exista el reencuentro prometido en algunas de las religiones más difundidas en el mundo.
–El libro es un tributo a un amigo, a un compañero de ruta con el que has compartido referentes culturales y, sobre todo, musicales.
Cierto, compartimos con él muchas cosas: su idea de la educación fue la que yo tenía de joven (y es la que sigo teniendo ahora), su aproximación a la música, el hinchaje por Alianza Lima y otras cosas más. Quizá lo único que no compartimos fue su gran pasión por el cine; yo no soy cinéfilo. Pero indudablemente lo demás nos llevó muchas horas de conversaciones, de recomendaciones de libros y discos, de pasar horas en el estadio de Matute o dialogando sobre el equipo grone. Él era un gran apasionado de estas cosas y por eso su biblioteca y su discoteca eran inmensas. Siempre paraba leyendo o escuchando música, y no se perdió ni un solo partido de Alianza sin ir al estadio, adonde también iba acompañado de sus alumnos y otros maestros igualmente aliancistas. Todo eso nos aproximó y nutrió el libro. Era previsible que escribiese un libro al tener tantos puntos de contacto con él.
–¿La escritura es una manera de procesar la muerte de un ser querido? Te pregunto esto porque recordé que una vez Micaela Chirif me dijo que la escritura de su segundo poemario le sirvió en el proceso de lidiar con la pérdida de Watanabe.
La escritura, tal y como yo la he asumido, más allá de la magia de las palabras agrupándose, del buen uso del lenguaje y del equilibrio de los signos y significados, es para mí un proceso de limpieza, a lo Rodolfo Hinostroza. También creo que actúa como una sustitución del psicoanálisis. Frente al papel limpio mi conciencia, mis miedos, mis fantasmas, mis sueños. Luego que escribo me siento limpio, con la tarea cumplida. Por eso es posible que escribir este libro haya sido una suerte de ceremonia del adiós pero también un complejo rito donde he querido pagar mi deuda con Constantino y limpiar mi dolor. Ahora que está publicado y que incluso ha recibido el premio Luces del diario El Comercio, siento cancelada esa etapa. Y de nuevo a vivir.
–La muerte de un amigo suele confrontarnos con nuestra propia muerte. Pienso, por ejemplo, en los versos finales de “Invención del firmamento” (poema de Quise decir adiós).
Cierto. Yo he estado confrontándome con la muerte desde que murió José Watanabe, otro gran amigo mío. Y desde cuando se fue Juan Ramírez Ruiz, y luego con la partida de Constantino y su hermana Cecilia, que se fue un año después. Siento que personas de mi edad están partiendo y que la cosa no es como cuando tenía 19 años y sentía que la muerte era una infamia y que jamás llegaría. Tampoco creo que me esté muriendo ya, pero ya miro a la Parca a los ojos y estoy seguro que algún día me tocará a la puerta. Espero que eso no sea pronto. Necesito escribir algunas cosas más. Cuando sienta que todo lo que tenía que escribir esta hecho, me sentaré en la puerta a esperar la muerte.
–Por otro lado, el tema de la muerte no es nuevo para ti; está presente, en menor o mayor grado, a lo largo de tu obra poética.
Me di cuenta de eso hace poco. Desde mi primer libro, donde hay un juego sobre la muerte de una mujer desconocida, hasta el homenaje a mi abuela recién fallecida en el segundo libro, y luego los demás, hay alusiones a la muerte. Pero no todas de manera trágica. Pero sí he sentido la partida de gente que me iluminó alguna vez: Luís Hernández, Mao, amigos, familiares, músicos (Lennon, Harrison), escritores (Pound, Ginsberg) e incluso un suicida en mi libro ‘Altagracia’, que es un libro íntegramente dedicado al tema amoroso. He estado cerca de la vida y de la muerte. Esa ha sido la constante.
–De las poquísimas veces que pude hablar con Constantino siempre tuve la sensación que era un gran lector de literatura. Qué recuerdas de esa faceta.
Constantino siempre estaba leyendo. Sus principales lecturas eran de psicología y filosofía, pero leía mucha literatura también. Creo que al comienzo leía guiado, como todos, por el gusto de época y de acuerdo a lo llamativo de ciertos autores. Pero luego me parece que se concentró en leer poesía, novelas y cuentos que le ayudaban a explicarse el misterio de la vida. Constantino era un tipo al que siempre le gustó la vida, afirmarla frente a las miserias cotidianas y sus oscuridades. Y trataba de buscar en la literatura lo que le sirviese para iluminar las tinieblas. Siempre que conversábamos de este me preguntaba más que por autores por temas que le interesaban. Curiosamente, sobre el último libro en torno al cual conversamos fue sobre La carretera de Cormac McCarthy, esa espléndida novela donde un padre salva a su hijo huyendo de un terror desconocido. Los dos estábamos fascinados con el libro. Pero recuerdo que no mostró mayor interés por el resto de la obra de McCarthy, que sobre todo revela el mundo del Viejo Oeste estadounidense. A él le fascinaba lo que revelaba La Carretera: la victoria de la vida sobre la muerte, la victoria sobre el miedo.
–¿Qué es lo que más recuerdas de Constantino?
Su enorme bondad y su inteligencia, su profunda convicción de que tenía que ayudar a todos los que le pedían algo. Como intelectual, lector, yo he sido siempre casi autosuficiente, y solo me he rendido ante los que saben más que yo, que por cierto son bastantes. Pero frente a Constantino la diferencia era muy grande: él debe haber sido uno de los intelectuales y educadores más grandes de Latinoamérica y el mundo, lástima que recién decidiera publicar hacia el final de su vida y no le alcanzara el tiempo para ordenar sus escritos y seguir publicando. Hasta hoy, ante problemas cerrados de mi vida, ante grandes desazones o incógnitas, lo recuerdo, porque era alguien a quien siempre le consultaba sobre mis miedos, recibiendo una respuesta inteligente y certera para vencerlos. Me he dado cuenta que siempre habré de necesitarlo, como a un hermano mayor y sabido.













